EA 842 - A 30 años del Diputrucho

A 30 años del Diputrucho, la trampa más burda y descarada en la historia del Congreso



“Lo agarré del brazo y no lo solté más”. A 30 años del Diputrucho, la trampa más burda y descarada en la historia del Congreso. Armando Vidal, periodista que descubrió al diputrucho
Patricio Pidal/AFV

El periodista Armando Vidal impidió que el usurpador de una banca -que votó la privatización de Gas del Estado- lograse escapar de la Cámara de Diputados

Hace exactamente 30 años, el jueves 26 de marzo de 1992, Armando Vidal (79) fue protagonista de uno de los episodios más bochornosos en la historia del Congreso de la Nación. Reveló una trampa que, por lo burda y descarada, trascendió el ámbito parlamentario y se presentó a la opinión pública con nombre propio: el simpático acrónimo “diputrucho”.

Primero, un poco de contexto. El presidente Carlos Menem, con el apoyo de todo el arco peronista, había comenzado con la privatización de las empresas estatales. “Las joyas de la abuela”, les llamaban. Aquella tarde de 1992, la Cámara de Diputados votaría la ley que permitiría la privatización de Gas del Estado. La sesión venía de “cuarto intermedio”: el día anterior se había completado el debate pero, viendo que no lograban la cantidad de votos necesaria para aprobar la ley, el oficialismo pidió continuar con el proceso al día siguiente. Es decir que solo faltaba votar.


Armando Vidal hoy tiene 79 años, está jubilado, pero vuelca todo su conocimiento en su sitio "Congreso Abierto"Patricio Pidal/AFV

Armando Vidal, cronista parlamentario acreditado por el diario Clarín, se ubicó en el palco de prensa. Llegó temprano y observó cómo, muy de a poco, se fue poblando el recinto de diputados. No tenía grandes expectativas con la sesión: sabía que todo se limitaba a completar el quórum (la presencia mínima requerida para votar, en aquél entonces, 130 diputados) y levantar la mano cuando el presidente recitase la fórmula que antecede cada votación: “Queda en consideración el debate en cuestión, sírvanse a levantar la mano…”, recita Vidal de memoria. No imaginaba que minutos más tarde iba dejar su posición de contemplación para pasar a la acción y convertirse en un actor necesario –imprescindible- de esta historia.

Dos detalles insalvables. Se votaba a mano alzada, no en forma digital, como ahora. Y los diputados marcaban su presencia con solo sentarse en su banca: los butacones tenían un sensor que se activaba con el peso y marcaba la asistencia en lo que hoy consideraríamos “un precario tablero electrónico”.

Ahora sí, sobre una mesa de los 36 billares, a trescientos metros del Congreso de la Nación, Armando Vidal revive aquél episodio.

-¿Cómo se dio cuenta de que había un falso diputado en la cámara, Armando?

-Había pocos legisladores en la cámara. No estaba la oposición: el bloque radical decidió no participar, estaba reunido afuera. Pero yo hubiera seguido la sesión sin darme cuenta de que iban a votar truchos si no me lo hubiese advertido Diego Mandelman, que entonces era un pibe que trabajaba para LV3, Radio Córdoba. “Ese señor que está ahí, en esa punta, no es diputado”, me dijo.


Página 12 obtuvo la única foto de Juan Abraham Kenan dentro del Congreso, mientras fingía estar descompuesto en el hemiciclo que rodea la cámara de diputados

-¿Y Mandelmam cómo lo reconoció?

-Lo había visto entrar en el despacho del diputado Julio Manuel Samid. Era un empleado del justicialista Samid. ‘¿Estás seguro?’, le pregunté. Me respondió ‘Sí’. De repente, cuando notaron que lo estábamos observando, comenzaron a taparlo. Lo hacían a propósito. Ahí ya no tuve dudas. Salí corriendo con una indignación y una fuerza propias de un tipo que está en combate. Ni siquiera llegué a ver si votó la ley o no… Salí del palco, bajé la escalera que desemboca en la sala de periodistas y, cuando me vieron pasar corriendo, los colegas salieron disparados atrás mío. No sabían qué pasaba pero tampoco se la iban a perder. Llegué al hemiciclo, el pasillo que rodea la cámara, en el preciso instante que sacaban al infiltrado.

-Finalmente, estuvo “cara a cara” con el usurpador.

-Lo encaré: ‘¿Usted es diputado?’. ‘No, no’, me respondió y se tiró en un sillón. Volví a la carga, enojado: ‘¿Y qué hacía sentado en una banca?’. Y el tipo me dice: ‘No, me dijeron que me sentase ahí porque me sentía descompuesto…’. Así comenzó la trama, en esa escena de nervios, con un hombre asustado, que luego supimos que tenía 74 años, frente a un periodista que lo acosaba, empleados del bloque justicialista que intentaban cubrirlo…

-¿Cómo salió el “diputrucho” de esa situación?

-Llegó Julio Manuel Samid en su rescate. ‘¿Qué le pasó, don Juan? Venga conmigo’, le dijo. Y lo levantó. Tomó a Julio Abraham Kenan -tal era el nombre del diputrucho- del brazo izquierdo y trató de sacarlo de escena. Yo lo agarré del brazo derecho convencido de que no iba a soltarlo por nada del mundo. Samid era un hombre grandote, fuerte, temible.

-Al estilo de su hermano, Alberto Samid, quien hoy cumple prisión domiciliaria.

-Peor, más grande todavía. Pero merece un reconocimiento: ese tipo nunca cantó. Nunca me contó la verdad. Se lo reconocí cuando murió, muy joven, a los 52 años. Se bancó todo lo que le hice y nunca se quejó. No me dijo nada. Nunca me contradijo, tampoco. Hay un detalle que lo pinta de pies a cabeza. Ese grandote malo que llegó a la Cámara de Diputados el 13 de diciembre de 1991, en la primera reunión de bloque se sentó al lado de Felipe Solá y le encajó un cachetazo que lo desparramó. Sin decir agua va... ¿Por qué? Solá venía de la Secretaría de Agricultura y tenía cortito a los Samid con temas de la carne.

-Iban los tres juntos, abroquelados, como una primera línea de rugby...

-Caminamos así hasta la presidencia de la cámara que está en un extremo del hemiciclo. El viejo iba en el aire. Samid deja a Kenan en un sillón del gran despacho de Alberto Pierri, que seguía presidiendo la sesión, y se va. Empiezan a aparecer otros diputados. Llegan los radicales para ver qué pasaba. Vino el ex gobernador Alejandro Armendáriz, que era médico, y revisó a Kenan, que seguía haciéndose el enfermo. Yo salí de ahí y me fui a buscarle una explicación a todo esto. Siempre tuve mis contactos. Enseguida me contaron todo, me pasaron todos los nombres. El presidente de la cámara era Pierri. El presidente del bloque justicialista era Matzkin. Y su segundo en el bloque era un riojano al que yo le tenía gran consideración porque era médico pediatra: Carlos Romero. Él, Carlos Romero, fue quien urdió todo esto.

-¿Cómo supo que Carlos Romero fue el responsable?

-Me lo contaron dentro del Congreso ese mismo día. Lo dije en todos lados y él nunca lo desmintió. Lo escribí mil veces. Yo no sé quién lo aconsejó porque no era un hombre de esta naturaleza.


En 1992, las leyes se votaban a mano alzada. El tablero electrónico era un simple contador que sumaba un número más cada vez que alguien se sentaba en una banca. Así fue mutando, de 128 a 129... hasta alcanzar el 130 que requería el quórumFabián Marelli - LA NACION

-¿Sabe cómo llegó Kenan a la banca?

-Caminando. En esa época los asesores aún podían caminar por la cámara sin problemas.

-¿Por qué eligieron a Abraham Kenan para hacerse pasar por diputado?

-Una razón muy simple: era un hombre de saco y corbata. Un señor. Pero no llevaba ese aspecto, tan formal, por casualidad. Esa mañana, 26 de marzo de 1992, la entonces presidenta de Nicaragua, Victoria Chamorro, dio un discurso en la Cámara. Era costumbre en aquella época recibir a ciertos invitados “a sala llena”. Es decir que, en ciertas ocasiones, más bien protocolares, era una práctica habitual sentar falsos diputados en las bancas. Y Kenan, con saco y corbata, daba el physique du rol.

-¿Cómo siguió el caso? ¿Cuál fue la suerte de Kenan en la presidencia de Diputados?

-Primero llegó la policía, que desde 1973 tenía su propio asiento en el Congreso “por razones de seguridad”. Acepté declarar como testigo, ese mismo día, en una comisaría en la calle Venezuela. Kenan estuvo detenido muy pocas horas. Para ese entonces, la radio y la televisión ya hablaban del caso. La noticia explotó al instante, a través de los colegas que me vieron correr y me siguieron. Esa noche debutaba Mariano Grondona en ATC. Me invitaron para contar el caso, pero no fui porque me quedé escribiendo mi nota. La mandé al diario y me fui para casa. 

Pero a mitad del trayecto decido pasar por Clarín: quería saber cómo se iba a publicar lo mío. Llegué al taller y los gráficos, que siempre fueron grandes amigos, me recibieron agitados: ‘Armando, qué quilombo armaste’, decían. Me dieron las páginas y me sorprendí con la noticia de que un editor me había cambiado el primer párrafo: “Un intruso habría votado”, puso. ¡En potencial! Volví a corregir todo, lo reescribí como era la versión original, y lo mandé. Al día siguiente nadie me dijo nada.

-Imagino su satisfacción.

-Yo siempre trabajé para informar y hacer, desde mi lugar, un Congreso mejor. Pero había agarrado a uno y se me escaparon cuatro… A los otros cuatro los conté, con nombre y apellido, al año.

-¿Cuándo supo que había otros “diputruchos”, además de Abraham Kenan?

-Yo me enteré ese mismo día, pero primero tenía que chequear. Además, no iba a resultar demasiado creíble decir que había cinco pero cuatro se escaparon… En principio, con un “diputrucho” alcanzaba.

-¿Nadie lo amenazó? ¿Tampoco quisieron comprar su silencio?

-Lo intentaron, la misma tarde del 26 de marzo, antes de declarar en al policía. Me convocaron a un despacho y fui. No voy a hacer nombres. Tampoco quiero aparecer como “el muchachito de la película”, pero todo esto sucedió. Había poca gente y me preguntaron ‘¿Cómo arreglamos esto?’. Yo les mostré una medalla de mi viejo que llevaba siempre encima, de mi viejo, de la “lealtad peronista”. Les pregunté: ‘¿Cómo lo traiciono a este?’. Y me pidieron que me vaya.

-¿Cómo siguió el caso en Diputados?

-Se creó una comisión investigadora. La comisión “de la pura sanata”.

-Como esa frase atribuida a Perón (que en realidad era de Napoleón): “Para que algo no funcione, nada mejor que formar una comisión”.

-La armaron rápido, para cuidar las apariencias. Yo declaré también ahí. Ellos sabían como era la cosa, no me atacaban, todos querían que terminara pronto.

-¿Por qué no participaron los radicales, siendo oposición, de esa comisión investigadora?

-El presidente del bloque radical era Fernando De la Rúa, “un santo inútil”. Podía hablar de la Constitución y de lo que sea, pero del barro de la política, del cuerpo a cuerpo, no sabía nada. Ya habían designado un representante radical en la comisión, pero él no quiso que se incorporase. Tendría que haberse puesto al frente de todo esto, pero eligió ser cómplice.

-En 1995, la Justicia sentenció a Samid a 8 meses de prisión en suspenso por su responsabilidad política en el caso, aunque no le impidió terminar su mandato. Y a Juan Abraham Kenan lo condenaron a dos meses de prisión en suspenso por usurpación de títulos y honores, un delito menor. Finalmente, ¿alguien fue preso por el caso del “diputrucho”?

-Ni Kenan ni los otros cuatro “diputruchos”. En el primer aniversario del caso, el 26 de marzo de 1993, publiqué una nota en la que nombré a todos los “diputruchos”. (En su crónica, Vidal identifica como “diputruchos” a Luis Balaguer, Daniel Locaso, Fernando Ocampo y Francisco Ayán, todos ellos colaboradores de diputados justicialistas. Y aclara que el único diputado que reaccionó airado, ¿fingiendo asombro?, y echó al empleado “desleal” fue el diputado Felipe Solá, que se sacó de encima a su secretario, Ocampo). Nunca nadie me desmintió. Tampoco hubo causas con ellos. La comisión emitió un dictamen intrascendente y se diluyó.

La semana siguiente al episodio del “diputrucho” todo se corrigió: se volvió a votar la privatización de Gas del Estado como correspondía. Participaron todos en el oficialismo y la ley fue aprobada. Como se dijo, nadie fue preso. Armando Vidal no recuerda quién escribió por primera vez el acrónimo “diputrucho”, pero le parece que el término está muy bien logrado.

Tras la entrevista, Vidal -decano de los periodistas parlamentarios- se reconoce satisfecho: “Misión cumplida, el diputrucho tiene quien lo recuerde”, dice.

Por Jorge Martínez Carricart
Fecha  : 26 de marzo de 2022 - 09:50 horas
Fuente : LA NACION

https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/lo-agarre-del-brazo-y-no-lo-solte-mas-a-30-anos-del-diputrucho-la-trampa-mas-burda-y-descarada-en-la-nid26032022/




A SIVAK SE LE ESCAPÓ

A veinticinco años del escándalo del diputrucho -que ahora son treinta -, el editor recrea la historia convencido de que las lecciones aprendidas no hay que olvidarlas. Por eso lamenta al final, con defraudación y cierto malestar, que Martín Sivak con sus libros sobre Clarín no haya dicho nada. Nada. No hay excusa que lo explique.

Por Armando Vidal

El 26 de marzo de 1992, a las 16.30, un hombre bien vestido, de años gastados, levantó una mano y votó una ley en la Cámara de Diputados de la Nación, aventura que salió mal porque lo vieron y lo agarraron. Era la privatización de Gas del Estado, una de las joyas de la abuela. Votada como correspondía a la semana siguiente del bochorno, la Cámara creó una comisión investigadora para cubrir las apariencias que meses después, como no podía ser de otra manera, confirmó la denuncia.

Muchos años más tarde se pronunció la Justicia con sanciones de carácter simbólicos contra los responsables, comenzando por el pesado e ingenuo bonaerense Julio Manuel Samid (el hermano de Alberto), prematuramente fallecido, que en Ramos Mejía, donde vivía, tenía como colaborador ad honorem a un vecino dispuesto a todo mandado.

Ese intruso pescado in fraganti, también fallecido, era Juan Abraham Kenan, un hombre de 72 años al que le gustaba vestirse bien para, según las circunstancias, hacer de diputado como ese mismo jueves pero por la mañana cuando ocupó una banca, junto con otros empleados de la Cámara, para cubrir la ausencia de muchos legisladores y no desairar con la indiferencia de tanto vacío, en lo que supuestamente era una Asamblea Legsilativa brindada a un presidente o autoridad extranjera.

Ese día del doble turno de Kenan fue en honor a la visita de la presidenta de Nicaragua, Violeta Chamorro, la viuda del periodista Pedro Chamorro, asesinado en 1978 por la dictadura de Anastasio Somoza, crimen que a la postre terminaría con su dinastía y posterior asesinato en el Paraguay de Alfredo Stroessner.

En aquella tarde de ese marzo el que agarró de un brazo a Kenan -y parece no querer soltarlo más- fue un periodista que sabía por experiencia la importancia que tenía cazar un fantasma, hecho que no volvió a repetirse por los controles que aparecieron después (votación digital en cada banca, por ejemplo) aunque no hayan decrecido las ganas con ciertos oficialismos de opereta.

A los veinticinco años de la desvergüenza, debería hablarse más del grave episodio porque los tiempos que corren son peores que aquellos reflejados en un Congreso que expresa debilidad y resignación frente a los constantes atropellos del PEN, pese a que no hay una fuerza política que lo controle desde el PEN. Hay, sí, obras públicas para los gobernadores y una cartera política (con Mauricio Macri tiene mucho que ver una cosa con la otra) manejadas por el ministro del Interior de nombre y apellido paradojal: Rogelio Frigerio.

Hay que resaltar que si quien esto escribe se consagró como cazador, fue porque alguien le dio el dato. Y fue allí mismo, en el palco de Clarín, a la hora señalada, cuando, después de la votación con 130 diputados levantando la mano (el presidente de la Cámara no lo hace pero su voto cuenta) el más joven entonces de los periodistas parlamentarios, Diego Mandelman, acreditado por una radio de Córdoba, le dijo: “ese viejo no es diputado”. Pavada de dato.

También hay que mencionar en la evocación a los compañeros colegas que siguieron la carrera del que era jefe de la sección Parlamentarias del diario en el que trabajó toda su vida, quien se lanzó escaleras abajo, atravesó salones de pisos brillosos sin derrapar ni desarmarse contra alguna columna del Salón de los Pasos Perdidos hasta llegar a la otra punta, entrar al hemiciclo del recinto y sorprender al inconsciente veterano que salía del lugar del delito para confesar ante su primera pregunta de sopetón que no era diputado.

Kenan parecía tan ajeno a la situación en la que quedó atrapado que ante la segunda pregunta del mismo acosador de por qué estaba en una banca si no era diputado, respondió que lo hizo porque le dijeron que se sentara allí ya que se sentía mal.

Kenan salía en ese instante del recinto y fingía necesidad de ayuda para caminar sostenido por personal del bloque Justicialista que también podía ingresar al lugar sagrado como podían hacerlo los periodistas.

Ese fue el último día de tanta libertad operativa. Hoy, no hay extraños en los pasillos.

Otros principales actores no visibles en esta evocación son el presidente de la Cámara de Diputados, Alberto Pierri, responsable mayor por su alto cargo y un colaborador dispuesto a cualquier servicio, Juan Carlos Cora, encargado de controlar la presencia de los diputados en las sesiones, que era la tercera desde la recomposición del cuerpo con la llegada, en diciembre, de nuevos legisladores. Cora y Pierri sabían bien lo que estaba pasando.

Entre los radicales con mandato cumplido, se había ido César Jaroslvasky y en su lugar había llegado Fernando de la Rúa. Una fácil presa en las negociaciones con la bancada justicialista que presidía Jorge Matzkin. El mismo De la Rúa que después volvió a ser senador como en 1973, luego jefe de la CABA y finalmente presidente de la Nación de la que huyó en helicóptero tras la tragedia desatada por su gobierno en diciembre de 2001.

Los radicales, que generalmente están donde no deben, estaban reunidos en el bloque hablando de lo que había pasado la noche anterior sin siquiera mandar un avanzada para ver qué hacían los menemistas, entre éstos Eduardo Amadeo y Graciela Camaño, entre otros tantos conocidos.

Tan cómplice fue De la Rúa como presidente de la bancada que hasta se opuso a que el radicalismo –el designado había sido su amigo José Octavio Yuyo Gauna- integrada la comisión que de apuro creó Diputados para investigar los hechos, un modo de ganar tiempo y de hacer algo ante la embestida periodística de la cual, el que esto escribe, no cesó un instante acompañado por el diario, luego del frustrado intento del propio diario de atenuar el impacto de la verdad de los hechos, versión en la cual el autor corrigió al editor en defensa de la verdad. (Ver: Grandes escándalos/Diputrucho/ Veinte años después ).

Hubo otros hechos en este cuarto de siglo que generaron reacciones pero ninguno equivalente a la gravedad del diputrucho que fue y será por mucho tiempo la más resonante luego del asesinato en el Senado de la Nación del senador electo Enzo Bordabehere, en la célebre interpelación de junio de 1935 del líder de su partido, Lisandro de la Torre al entonces ministro Federico Pinedo, abuelo del actual senador de Cambiemos, con el que Mauricio Macri tiene diferencias que no tendría seguramente con el ministro de Agustín P. Justo, en tiempos de conservadores tramposos auxiliados con radicales antipersonalistas.

* ¿Y qué pasó Martín?

La historia anda por las mismas calles de la crónica de todos los días, motivo por el cual buenos son los libros que limpian el camino de obstáculos y vallas.

Por eso a quien escribe le sorprende que en la importante obra de Martín Sivak sobre Clarín, dividida en dos tomos, el primero desde la fundación del diario en 1945 por Roberto J. Noble hasta la expulsión de los desarrollistas en 1982 (Clarín, el gran diario argentino, una historia, Planeta, 2013) y el segundo hasta el presente (Clarín, la era Magnetto. Planeta, 2015), no haya una sola mención a este escándalo.

Nada, en asbsoluto, como si no hubiera existido, siendo que el tema estuvo vigente todo el año 1992 por la pelea del periodista contra los menemistas, el bloque, sus autoridades y muy especialmente contra el presidente de la Cámara, el papelero Pierri, presidente de la Cámara y de sólidos lazos con Magnetto.

En la estupenda presentación del libro en la Universidad Di Tella, nada menos que a cargo de los periodistas Hugo Alconada Mon y Horacio Verbitsky, Sivak dijo que la tarea realizada incluyó la revisión de toda la colección del diario, día por día. ¿No vio allí la cobertura que hizo Clarín, toda a cargo de quien escribe?

De ese hecho extraordinario, en el libro, dos libros en verdad, más completos que se le hayan dedicado a un diario, no hay registro alguno. Inexplicable aunque Martín le haya dicho a quien escribe que se debió al corte de páginas enteras que debió hacer en ese volumen. Pero ¿cortar el máximo suceso registrado en democracia en el Congreso de la Nación y, a la par y a la distancia, enorme satisfacción directa y propia del diario cuya historia se cuenta? ¿Qué criterio editorial es ése?

Además de Kenan, los otros diputruchos fueron Luis Balaguer, Daniel Locaso, Fernando Ocampo y Francisco Ayán, todos también colaboradores de diputados justicialistas. Que, además de Samid, fueron respectivamente, el mendocino Nicolás Becerra, el fueguino Carlos Manfredotti, el bonaerense Felipe Solá –quien de inmediato echó a Ocampo- y el riojano Ayán (Romero).

Las casi veinte notas dedicadas al tema en Congreso Abierto (ver Grandes escándalos/Diputrucho) siguen estando a disposición de quienes tengan un compromiso con la verdad.

Fecha  : Martes, 14 Marzo 2017 00:05 horas
Fuente : Armando Vidal 

https://armandovidal.com/index.php/grandes-escandalos/41-diputrucho/2007-el-diputrucho-y-ese-inexplicable-olvido





El caso del diputrucho: Ocupó una banca sin ser diputado y votó una ley



El caso del diputrucho: Quién era. el jueves 26 de marzo de 1992, en la cámara de diputados de argentina se estaba discutiendo algo bastante importante como si se privatizaba o no la empresa “Gas del estado”.

Recordamos el caso del diputrucho. En ese entonces se necesitaban a 130 diputados sentados en sus bancas para lograr el quórum y proceder a la votación del marco regulatorio de la privatización.


La sesión venía de un cuarto intermedio, ya era de madrugada y solamente en el recinto estaban los miembros del oficialismo porque los radicales se habían retirado después de una discusión.

Finalmente lograron conseguir el quórum: había 130 diputados, sentados en sus bancas y proceden a votar a mano alzada. No existía la virtualidad de hoy en día.

Listo, todo finaliza, pero en el recinto también había periodistas, todo un palco para ellos y notaron algo que les llamó la atención: uno de los diputados que estaba en su banca para lograr ese quórum no era diputado.

Rápidamente uno de estos periodistas, Armando Vidal, baja corriendo las escaleras justo cuando los diputados estaban dejando el recinto. Se acercó al señor que segundos atrás estaba sentado en la banca de diputados y le hizo una pregunta muy simple, “¿Usted es Diputado?” A lo que el señor respondió: “No, estaba descompuesto y me dijeron que me sentara”.

Ese señor era Juan Abraham Kenan, el asesor del diputado Manuel Samid y su respuesta fue esa, dijo que estaba sentado porque era una persona mayor que tenia algún problema cardiaco, y que tenía un tajo de 14 cm que le provocaba mucho dolor y que por lo tanto estaba cansado y decidió sentarse en la banca de un diputado.


Lo más increíble es que Kenan no era el único “diputado” había unos 5 más, pero escaparon a tiempo porque no fueron interceptados por estos periodistas y hasta hoy en día no se sabe muy bien quiénes eran, pero hay algunos nombres dando vueltas, como Felipe Solá. Eran todos asesores o colaboradores de diputados.

Obviamente fue noticia al instante, un señor que pasaría a la historia como el “Diputrucho” que había votado una ley nacional.

El diputado Jorge Matzkin decía en su momento: “Parece ser que había un señor, en forma incorrecta sentado un señor en una de las bancas”.

Mientras que Federico Zamora opinaba: “No me cabe ninguna duda que el señor Kenan conoce muy bien los movimientos del parlamento y alguien evidentemente ha colaborado, asique vino con dos abogados. Yo tengo que decir que he visto esos abogados conversando con el diputado Samid previamente”

En los medios nacionales, la noticia era un escándalo. La periodista Anahí Abeledo relataba: “Un hecho que nos dejó bastante desconcertados. En principio, en medio de una sesión que supuestamente iba a levantarse por falta de quórum se llama a votar, no hay quórum durante bastante tiempo, el presidente de la cámara Alberto Pierri decide levantar la sesión por falta de quórum. 

Algunos diputados del justicialismo le piden esperar algunos minutos más para que algunos compañeros de ellos lleguen y ahí se produce un momento de bastante confusión, porque el número que se ve en el tablero electrónico que indica la presencia de diputados oscila entre los 122/125,/126, se aclara que el quórum son 130 y en ese mismo momento vemos que el tablero indica 130 personas y se vota”.

“Cuando vemos desde el palco empezamos a juntarnos y a señalar a este señor, un señor mayor de apariencia muy formal, vestido con traje, cabello blanco, podía dar la presencia de un diputado perfectamente, algunos de los empleados hacen que este señor se retire, le preguntamos si él era diputado, que nos disculpara si era así y él dice: “No, no soy diputado, soy pariente de un diputado. Me sentí mal y me hicieron entrar al recinto para que me mejore”, sumó.


El caso del diputrucho era una vergüenza nacional, el gobierno optó por el silencio, nadie dijo absolutamente nada y quedó dando vueltas por los medios y nada más y a los pocos días decidieron anular lo que había votado y votaron como correspondía.

En aquella sesión, desde el recinto expresaban: “La cámara de diputados aprobó el marco regulatorio para la privatización de “Gas del Estado” y declara su condena al escándalo del jueves pasado cuando la presencia de un legislador trucho dio quórum estricto al peronismo para votar esa ley”.

Por Aldana Farinelli
Publicación : 08/06/2021
Fuente : Diario Anticipos

https://diarioanticipos.com/2021/06/08/el-caso-del-diputrucho-ocupo-una-banca-sin-ser-diputado-y-voto-una-ley/

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